
“La respuesta fundamental a la pregunta ¿por qué leer? te la doy yo,
gordo narcisista: porque quien lee ríe al morir”
Tomado de la página:
http://lacomunidad.elpais.com/una-hoguera-para-que-arda-goya/posts
I
Yo nací gordo y esta condena, un poco por herencia otro tanto por descuido, me ha acompañado durante toda mi vida. Crecí fuerte -que es como se le dice a los gordos venidos a menos pero que en su esencia lo siguen siendo- y fui un adulto joven obeso.
Cuando nací, pesé
Luego llegaron los esfuerzos infructuosos de mi padre para que fuera deportista de lo que quisiera, fútbol preferiblemente, y gracias a esa insistencia empecé a ser menos torpe en mis movimientos y decidí jugar baloncesto. Si bien nunca fui flaco, por lo menos hubo un tiempo en mi pubertad y adolescencia, en que fui fuerte y medianamente esbelto, seguro de que jamás volvería a ser gordo.
Sin embargo, de la noche a la mañana empecé a pesar 50 kilos más de los que traía -a pesar de que entre esa noche y esa mañana hayan pasado 8 años- y la razón, entre muchas otras, coincide tiernamente con el momento en que me empezó a gustar la literatura.
El hecho de que aumentara paulatinamente de peso se hacía más evidente entre más libros leía: todo lo que comía lo retenía, pero creo que no todo lo que leía. Fue así como el acto de leer fue la mejor forma de esconder el mutismo de los movimientos de mi cuerpo, el habitar estático al que quería condenarme y la alegría que me producía viajar sin moverme de una silla. Por tanto, entre más minutos dedicaba a este placer recién conocido, más kilos iban sumándose alrededor de lo que antes representaba mi esbeltez de viejo deportista.
Cada vez que mi cuerpo crecía sin el afán romántico de la niñez sino con la enorme pesadilla de la adultez, mi biblioteca también lo hacía: ella lo hacía hermosamente mientras yo lo hacía por donde podía, en los espacios que se creaban en mi cuerpo. Pronto me di cuenta de que en ambas partes me empezaban a sobrar cosas que antes no imaginaba, y cuando pensé por primera vez en bajar peso, no supe de cuál de las dos partes sería más difícil perder peso, si de mi cuerpo o de mi biblioteca.
Escrito por: Humberto Posada Cifuentes