jueves, 6 de agosto de 2009

La vida en-gorda


“La respuesta fundamental a la pregunta ¿por qué leer? te la doy yo,

gordo narcisista: porque quien lee ríe al morir”

Tomado de la página:

http://lacomunidad.elpais.com/una-hoguera-para-que-arda-goya/posts





I

Yo nací gordo y esta condena, un poco por herencia otro tanto por descuido, me ha acompañado durante toda mi vida. Crecí fuerte -que es como se le dice a los gordos venidos a menos pero que en su esencia lo siguen siendo- y fui un adulto joven obeso.

Cuando nací, pesé 11 libras, algo así como 5500 gramos, es decir, un poco más de lo que pesa el colombiano promedio, que son 2500 gramos menos aproximadamente. Fui un niño gordo y alto con todos los prejuicios que eso significaba: ser el último de la fila en todos los eventos, no poder ocultar mis travesuras, ser tímido en consecuencia. Era bueno en matemáticas pero no podía dar vuelta canelas, era juicioso en clase pero no tenía una motricidad que me permitiera destacarme en algún deporte. Pese a todo, tuve el consuelo que me daba mi mamá: que todos los niños sanos éramos así, gorditos.

Luego llegaron los esfuerzos infructuosos de mi padre para que fuera deportista de lo que quisiera, fútbol preferiblemente, y gracias a esa insistencia empecé a ser menos torpe en mis movimientos y decidí jugar baloncesto. Si bien nunca fui flaco, por lo menos hubo un tiempo en mi pubertad y adolescencia, en que fui fuerte y medianamente esbelto, seguro de que jamás volvería a ser gordo.

Sin embargo, de la noche a la mañana empecé a pesar 50 kilos más de los que traía -a pesar de que entre esa noche y esa mañana hayan pasado 8 años- y la razón, entre muchas otras, coincide tiernamente con el momento en que me empezó a gustar la literatura.

El hecho de que aumentara paulatinamente de peso se hacía más evidente entre más libros leía: todo lo que comía lo retenía, pero creo que no todo lo que leía. Fue así como el acto de leer fue la mejor forma de esconder el mutismo de los movimientos de mi cuerpo, el habitar estático al que quería condenarme y la alegría que me producía viajar sin moverme de una silla. Por tanto, entre más minutos dedicaba a este placer recién conocido, más kilos iban sumándose alrededor de lo que antes representaba mi esbeltez de viejo deportista.

Cada vez que mi cuerpo crecía sin el afán romántico de la niñez sino con la enorme pesadilla de la adultez, mi biblioteca también lo hacía: ella lo hacía hermosamente mientras yo lo hacía por donde podía, en los espacios que se creaban en mi cuerpo. Pronto me di cuenta de que en ambas partes me empezaban a sobrar cosas que antes no imaginaba, y cuando pensé por primera vez en bajar peso, no supe de cuál de las dos partes sería más difícil perder peso, si de mi cuerpo o de mi biblioteca.

Escrito por: Humberto Posada Cifuentes

Libros: De cómo perder peso


En la época de secundaria, elegía los libros como un fisiculturista que buscaba la pesa que más le inflamase los músculos.

Recuerdo, con cierto terror, el momento en que nos explicaron en el salón de clases que era incorrecto decir que uno pesaba tanto o cuanto, si no que los kilos definidos siempre como peso, no eran eso, si no, masa.

Aún hoy, me resisto a aceptarlo (y muchos nos resistimos), pese a que es correcto, verídico, verdadero, comprobado científicamente, cierto.

Eso implicaba, como pasa con las palabras, transformar una forma particular de relacionarse con el mundo, de entenderlo y de acabar con un hábito y una forma de categorizar las apariencias.

...

En la época en que me gustaban los lomos gordos, pesados, voluminosos, me inclinaba por las novelas o los libros de teoría clásicos, textos que venían con reconocimiento adherido, tan inútil como las cintas de los best seller o los autores raros.

Creía ciegamente en la literatura clásica como en cualquier otro gordo, como en Buda o en Jabba The Hut. Era radical y no me atraían los libros delgados.

Aún en la lectura, que puede desligarse tan fácilmente de la apariencia, algo se transformó, en algún punto, desde afuera: Dejé de guiarme por la anchura del paginaje.

No sé cómo, no hay anécdota que recuerde, que marque un punto de giro, en el que me dejé atraer por la literatura contemporánea y por libros delgados, sin cambiar el polo de la radicalidad, sin abandonar mi gusto por lo pesado.

Peso o levedad, dice Calvino, desviándose por elección hacia lo leve. Me gustaría secundarlo decididamente, pero creo que hace rato dejé empolvar y oxidar la balanza.